Cuando compramos nuestra primera casa, nos morimos de alegría... Después de años apretujados en un departamento de dos habitaciones, por fin teníamos espacio propio.
Era el sueño de toda la vida hecho realidad.
La ilusión duró unas pocas semanas.
La casa tenía veinte años y los dueños anteriores la habían usado a fondo. No nos alcanzaba el dinero para remodelar nada, así que decidimos limpiarla nosotros mismos (no parecía muy difícil).
Fui a la tienda y me llevé de todo: aerosoles, esponjas de alambre, fibras verdes, los guantes amarillos grandes… el equipo completo. Y me puse a trabajar.
El resultado me dejó helada.
Las zonas más difíciles parecían inmunes a todo lo que les echara. Las manchas de la bañera no salían. La suciedad acumulada entre los azulejos, tampoco. Pero lo peor, de lejos, era el horno.
Mira cómo estaba: